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General Humanidades

La reconstrucción de Leonardo da Vinci: en defensa de la ciencia y de los naturalistas

 

Jordi Serrallongajordi serrallonga twitter
Arqueólogo, naturalista y explorador
Professor col·laborador de la UOC
jserrallonga@uoc.edu


 

Entre volutas de humo, y a salvo de la lluvia, escribo estas líneas bajo la marquesina del Jardín Romántico; el mismo que me traslada hasta un palacete toscano del siglo XVI. Y es que pipa en mano, junto a los gorriones que saltan por la mesa, hoy me erijo en modesto y ferviente defensor de Leonardo da Vinci. No suelo replicar los ensayos de otros colegas bípedos, y muchos atribuirán mi oscuro estado de ánimo a la tormenta que se cierne sobre el Palau Savassona del Ateneu Barcelonès, pero la «crispación» viene de lejos. En concreto, tiene su origen dos días atrás; cuando leí el artículo del profesor Joan Campàs en el Blog d’Arts i Humanitats de la UOC: El Culto a Leonardo da Vinci: la deconstrucción de un genio“, publicado el 2 de Mayo de 2019. Menudo regalo para las celebraciones del quinto centenario de Leonardo da Vinci.

El título ya hacía intuir lo peor. Y no andaba errado… a medida que avancé con la lectura aumentó el grado de estupefacción. Necesitaba un respiro. ¿Quién podía pincharme el brazo para asegurar que no se trataba de una alucinación ni una inocentada fuera de fecha? Jaume Claret, también profesor de la UOC, se cuidó de ello. Es un hombre sabio y paciente por lo que aguantó el chaparrón. Y, como podrán imaginar, tuvo que soportar mi pregunta retórica: «¿Joan está desmitificando a Leonardo. Al cabo de unas horas, releído el post del mestre Campàs, volví a gimotear: «me encantaría redactar una réplica». Consecuentemente, sin la sabiduría de Joan Campàs o Jaume Claret, pero aquí me tienen: dándole a la tecla para, en la medida de mis posibilidades, reconstruir a Leonardo da Vinci. Lo siento por Leonardo… quizás no sea yo su mejor escudero.

 

leonardo da vinci construccion genio jordi serrallonga

Leonardo entre los científicos y científicas ilustres

 

En el caótico despacho tengo una serie de pequeños bustos blancos. Son parecidos a los que, erguidos e hieráticos, suelen verse en pianos y conservatorios: complacientes Mozart, ariscos Beethoven y los Wagner tocados con esa especie de boina. La diferencia es que las cabezas moldeadas de mi gabinete de curiosidades –al lado de figuras de StarWars, Indiana Jones y El Planeta de los Simios– se corresponden, y hablo en orden de preferencia, con los de Charles R. Darwin, Sherlock HolmesLeonardo da Vinci y Galileo Galilei (Albert Einstein se sale de la norma: es un muñeco coloreado de cuerpo completo). Todos ellos son mi pandilla… desde la infancia. En el catálogo mental de la desordenada biblioteca adyacente –las mudanzas a pequeños apartamentos son un campo de batalla– solo un personaje, o temática, supera en número de libros al jefe de cuadrilla: el bueno de Darwin. Ese personaje no es otro que Leonardo. Y con esto no quiero dármelas de experto estudioso de la vida y obra del eminente toscano –no soy experto en nada– pero es cierto que, entre otros, su figura e inspiración me empujaron a tomar el camino de las ciencias desde una visión multidisciplinar. Por esto mismo, y aunque –como d’Artagnan cuando llega a París desde provincias– batirme en duelo con la docta espada de Campàs sea propio de kamikazes, he de salir en defensa del honor de Leonardo da Vinci.

 

hombre vitruvi jordi serrallonga article

 

¿Divago? En los tiempos que corren no podemos permitirnos el ir desmitificando a los pocos científicos y científicas que han tenido y tienen la suerte de trascender. No está el horno para bollos. Incluso Harrison Ford exponía, no hace mucho, que en vez de creernos a ciertos dirigentes cuando hablan de la inexistencia del cambio climático, tendríamos que confiar más en lo que nos dicen las ciencias. En definitiva, aún no siendo ni Han Solo ni Indiana Jones, preferiría que, antes de desmitificar o deconstruir a un solo peón de la historia de la ciencia, desmontásemos a reyes, reinas y a la corte que les rodea. De lo contrario, como cometamos la osadía de seguir desmitificando a los pocos símbolos que nos otorgan cierto pedigrí, y viendo que la ciencia ya lo ha tenido y lo tiene bastante difícil para sobrevivir, es muy posible que los científicos seamos sometidos a más recortes presupuestarios y campañas de desacreditación; lo cual sería de gran alegría para charlatanes creacionistas, presuntos intelectuales y poderosos dirigentes con ansias de alineación ideológica.

 

El problema de mitificar y desmitificar

 

Quizás el problema de arranque radica, precisamente, en el empeño por mitificar. La ciencia es un discurso lógico… no mítico. Pero a los humanos nos encanta mitificar. Por ejemplo, encumbramos a Galileo Galilei tras sus «problemillas» con la Iglesia católica, y en los libros suele aparecer como flamante inventor del telescopio. En realidad, como astrónomo, podríamos decir que muchos de los logros que le atribuimos, en solitario, deben ponerse en relación con otros dos personajes: Nicolás Copérnico y Johannes Kepler. Incluso, técnicamente hablando, no fue el inventor del telescopio. El catalejo ya existía como instrumento óptico. Entonces, además de Leonardo da Vinci, ¿hemos de deconstruir a Galileo? ¡Por supuesto que no!

 

Solo nos fijamos en lo que hemos mitificado pero Galileo Galilei fue fundamental en el estudio del Cosmos heliocéntrico que desmontaba el sistema geocéntrico de la Iglesia; e hizo algo más importante que inventar el catalejo: se armó de este instrumento militar y fue el primero en encararlo hacia el cielo –en vez de hacia un navío de guerra o un ejército lejano– para ver los cráteres y mares de la Luna, los invisibles satélites de Júpiter, o las fases de Venus. Esto es lo que me apasiona de él. Esto es lo que le hace grande en el seno de la ciencia; a saber, que personajes –famosos y anónimos– son ilustres científicos no solo por aportar geniales teorías universales, escritos trascendentales o grandes descubrimientos arqueológicos, paleontológicos, geográficos, etc., sino por ser representantes del verdadero espíritu del científico: la curiosidad… la pasión por observar, conocer y comprender. Y Leonardo da Vinci, sin duda, fue uno de ellos.

 

Isaac Newton es conocido por su ley acerca de la Gravitación Universal, Charles R. Darwin publicó la teoría de la Selección Natural junto a Alfred R. Wallace y a Marie Curie le debemos sus aportaciones en el terreno de la radioactividad, pero los tres no hubieran llegado a semejantes logros de no haber compartido, con Leonardo da Vinci, la pasión por todo lo que nos rodea.

 

Uno de los primeros naturalistas… y etólogos

 

No soy historiador del arte, ni artista; ahora bien, tampoco soy chef ni gourmet pero puedo opinar sobre si me gustan más los canelones de mi madre que una deconstrucción de carne con pasta y bechamel. Por lo tanto, en cuanto a pintura se refiere, he de reconocer que me atraen mucho más Vermeer o Velázquez que Leonardo. Ante La Gioconda jamás he vibrado de la misma manera que frente a El nacimiento de Venus de Botticelli. Tan solo es una cuestión de gustos y, no siendo experto en pintura, me siento incapaz de valorar –como en el artículo de Joan Campàs– la posición de Leonardo en el seno del arte universal. Ahora bien, como científico, sí puedo opinar sobre sus aportaciones a la ciencia y, para nada, han sido sobredimensionadas. Fue, sin duda, uno de los padres del naturalismo.

 

Mona Lisa Leonardo Da Vinci

 

Como en el caso que he explicado, centrándome en la figura de Galileo Galilei, es posible que hayamos mitificado el tema de las máquinas de Leonardo. Comúnmente se ha escrito que todas eran inventos suyos. Desde el submarino, la escafandra autónoma, el arma de repetición, la bicicleta o el paracaídas, hasta el autogiro y el aeroplano. Es muy fácil atacarle dudando de la autenticidad del diseño de la bicicleta, o de si estos dibujos técnicos se basaban en otras ideas y maquinaciones de sus contemporáneos, o su imaginación. Nada de esto servirá para que deconstruyamos la enorme aportación de Leonardo a la ciencia y a la técnica. Simplemente, era un tipo maravillosamente multidisciplinar. Tocaba tantas teclas que, a priori, podría parecernos que no profundizaba en ninguna. En primer lugar: ¿acaso eso sería malo? Naturalistas como Mary Anning –en el siglo XIX– o Jordi Sabater-Pi –en el siglo XX– tuvieron una formación autodidacta y se interesaban por todo lo que les rodeaba. ¿Solo es válido el científico académico superespecializado?

 

Uno de mis tesoros de juventud es un facsímil del Códice sobre el Vuelo de los Pájaros de Leonardo da Vinci. Ahorré varios años para hacerme con esta obra que considero precursora de una ciencia que no adquirió renombre hasta que Konrad Lorenz, Niko Tinbergen y Karl von Frisch recibieron, en 1973, un extraño Nobel de Medicina. Y digo extraño pues, al no existir una categoría específica o adecuada, fueron premiados por sus aportaciones a una nueva ciencia nacida en la década de los 50 y 60: la etología. En efecto, con permiso de Joan Campàs, valoro a Leonardo da Vinci como uno de los padres, junto a Darwin, de la etología animal. Casi nada.

 

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Joan Campàs recoge, en su artículo “El Culto a Leonardo da Vinci: la deconstrucción de un genio“, una cita de Giorgio Vasari, contemporáneo de Leonardo: «empezaba muchas cosas y nunca las acababa». Campàs considera incompatibles el hecho de que Leonardo sea visto como un científico de renombre, con la impresión de que no concluyese muchas de sus tareas. No estoy de acuerdo. Es cierto que, al contrario de Andrea Vesalio y su maravilloso tratado de anatomía (De humani corporisfabrica, 1543), Leonardo jamás concluyó el sueño de reunir todos sus fantásticos dibujos anatómicos, a partir de disecciones de cuerpos humanos, en un único manual sobre anatomía. Hoy se conservan reunidos, la mayoría, en el Códice de Windsor. Llámenme bicho raro pero, ¿debemos retirarle la categoría de anatomista a Leonardo –cualquiera de sus bocetos son, sencillamente, extraordinarios– por haber «perdido el tiempo» en observaciones de otro tipo? Por ejemplo, la anatomía de animales como aves, caballos… Estas observaciones son los cimientos de una nueva disciplina científica que, en el siglo XVIII, fundó el naturalista francés George Cuvier: la anatomía comparada. ¿Acaso no es poco importante abrir nuevos caminos, en ciencia, que otros aún no habían ni tan siquiera imaginado?

 

Restituyendo a Leonardo en la Historia de la Ciencia

 

¿Es mejor científico solo aquel que trasciende? Opino que es mucho más importante valorar que, hace medio siglo atrás, cuando todavía había mucho por hacer, alguien quisiera observar, estudiar, anotar, dibujar todo lo que le atraía sin que esto acabase, necesariamente, en forma de una teoría, tratado o manual. Jamás me atrevería a deconstruir la figura científica de Leonardo por dos razones. La primera por su valía como naturalista de la época. En segundo lugar, y como he apuntado al principio de este artículo, porqué no es oportuno –con los vientos que corren– deconstruir a uno de los pocos personajes que son pilar visible de un campo cada vez más invisible para algunos dirigentes e instituciones: la ciencia.

Sirva este artículo, como modestísimo homenaje a los muchos científicos y científicas que no conocemos; tanto a las sabias y sabios anónimos que vieron sus carreras truncadas –por envidias, persecuciones o decisiones propias–, como a los que antepusieron, y anteponen, sus ganas de observar, aprender y disfrutar por encima de la gloria y vanidad de trascender. Por suerte, a Leonardo… lo conocemos. Fue uno de los primeros grandes naturalistas de la ciencia.