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El culto a Leonardo da Vinci: la deconstrucción de un genio

Este 2019 se celebra 500 años de la muerte de Leonardo da Vinci. El profesor Joan Campàs propone una revisión de la figura de Leonardo en las artes, las humanidades y la ciencia, con el fin de desmitificar algunos aspectos que han favorecido al culto de su imagen como genio interdisciplinar. 

 


Por Joan Campàs
Profesor de los Estudios de Artes
y Humanidades de la UOC

 

El culto a Leonardo comenzó en el siglo XIX, cuando se «descubrió» el Renacimiento italiano y conocer su arte era casi obligatorio entre las personas instruidas. Hasta entonces, el arte italiano sólo había sido degustado por un pequeño círculo de viajeros e intelectuales de las clases superiores, con fácil acceso a las casas aristocráticas. Los que habían viajado antes a Italia buscaban, sobre todo, el esplendor de Grecia y Roma. Durante los siglos XVIII y XIX el artista italiano más conocido y admirado era Miguel Ángel. De Leonardo casi no se hablaba antes del 1800 (aunque los grandes maestros eran Miguel Ángel, Leonardo y Rafael). Pero en el siglo XIX el Renacimiento se puso a la misma altura que la antigüedad clásica, y se rescató a Botticelli, Piero della Francesca, Giotto, Vermeer, Greco…

 

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Hubert Robert (1733-1808): Diseño para la Grande Galerie del Louvre, 1796. Óleo sobre lienzo. 112 x 143 cm. Musée du Louvre, Paris

En la pintura de Hubert Robert, conservador jefe de pinturas del Louvre, que imagina cómo sería la Grande Galerie del Louvre, vemos la Sagrada familia de Rafael, pinturas de Guido Reni y de Tiziano… pero de Leonardo y la Mona Lisa ni rastro.

En este cuadro de Vernet, Rafael está en el centro de la escena, rodeado de amigos y admiradores mientras dibuja. En el primer término, a la izquierda, Miguel Ángel con papeles, planos y una reproducción de un fragmento de escultura; arriba de la plaza, el papa Julio II inspeccionando futuros proyectos. A la derecha de todo, lejos, Leonardo lo mira.

 

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Horace Vernet (1789-1863): Rafael en el Vaticano, 1832. Óleo sobre lienzo. 39,2 x 30 cm. Colección privada.

 

En la actualidad, prescindir de La Mona Lisa en una selección de pinturas representativas del Louvre sería iconoclastia deliberada. Sin embargo, aunque ha acabado siendo la pintura más conocida del mundo, Leonardo no se ha considerado nunca el pintor más grande. Hay muchos estudios sobre Leonardo, pero la inmensa mayoría se concentran en sus trabajos científicos y sus dibujos. Lo que contribuyó a la construcción del culto a Leonardo fue que se le consideraba la vez un gran pintor y un gran científico. Los franceses jugaron un papel importante:

 

– en 1796, Napoleón, tras conquistar casi toda Italia, había vuelto con algunos manuscritos científicos de Leonardo

– en 1797, Giovanni Battista Venturi, diplomático y erudito italiano, pronunció una importante conferencia sobre las «Obras físico-matemáticas de Leonardo da Vinci»

– Federico de Humboldt en Cosmos (cinco volúmenes, desde 1845 hasta 1862) y David Brewster en La vida de Isaac Newton (1831) calificaban a Leonardo de Colón de la ciencia

 

En realidad, y en contra de lo que la gente cree, el papel de Leonardo en la historia de la ciencia es muy secundario. Nunca hizo ningún descubrimiento científico importante. En ingeniería y tecnología estudió muchos casos, sobre todo de hidráulica, pero nunca dedujo ninguna ley científica. Su aportación a la filosofía o a la metodología de la ciencia es muy modesta en comparación con la de Bacon, Leibniz o Hume. Lo más que se puede decir de sus dibujos de ingeniería es que intuían avances, pero en ningún momento inventó nada notable. Sus trabajos de tecnología hidráulica y sus máquinas militares eran moneda corriente en la época. En la corte de Milán trabajaba como ingeniero pero quienes dirigían las obras eran hombres como Bramante; los cuadernos de notas cuando trabajaba para César Borgia parecen diarios de un investigador de visita que tomara notas para redactar un informe, no cuadernos del ingeniero en jefe[1].

 

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En la casa de Clos-Lucé, donde vivió durante los últimos años hay un museo en el sótano del cual están las máquinas construidas a partir de los dibujos de Leonardo con el patrocinio de IBM. Con los dibujos de los contemporáneos o predecesores de Leonardo se habrían podido construir máquinas similares. Pero ellos no pintaron La Mona Lisa.

En el Museo Leonardo, a Vinci, se exponen unas 55 máquinas y maquetas basadas en sus dibujos (un cañón de tubos múltiples, un tanque, un canal de paso con compuertas, una bicicleta –con una nota que defiende su muy dudosa autenticidad. Además, con unos pedales más largos que las ruedas, difícilmente se podría poner en movimiento!). El mérito del museo es que sitúa las obras de Leonardo en su contexto y expone también dibujos similares de Giovanni Fontana, Francesco di Giorgio… En el folleto informativo se dice: Leonardo «perfeccionó los aparatos y los mecanismos que ya figuraban en la literatura técnica siglo XV» y admite que algunos «inventos» se deben más a la imaginación de los reconstructores de los dibujos que a las intenciones de Leonardo.

El Museo Ideale Leonardo, también en Vinci, rebate con más firmeza las exageraciones que se han hecho sobre Leonardo, pero expone inevitablemente las malditas máquinas.

Por tanto, la imagen popular de Leonardo que domina actualmente es que fue un gran científico que, además, pintó La Mona Lisa y La última cena. pero:

– La gigantesca figura ecuestre en memoria de Francesco Sforza, de siete metros de altura, no se llegó a hacer (los militares necesitaron el bronce para hacer cañones), pero es poco probable que se aguantara ya que por los dibujos que tenemos se sabe que no estaban resueltos los problemas técnicos derivados de sostener en la posición deseada una obra tan monumental. El mismo Ludovico dudaba de la capacidad de Leonardo para aportar soluciones y escribió a Lorenzo il Magnifico para pedirle si en Florencia habría alguien con las habilidades necesarias.[2]

– Los planes para desviar el curso del Arno y abrir un canal entre Florencia y Pisa no se llevaron a cabo

– Su Última Cena comenzó a deteriorarse casi al momento de concluirlo, dado que en lugar de pintarlo al fresco usó temple con aceite.

La batalla de Anghiari –la obra más importante que le encargaron en toda su vida (1504) – quedó inacabada y las partes que terminó se echaron a perder inmediatamente por haber utilizado ingredientes indebidos.

– No entendió que la estructura muscular de los seres humanos no podía producir energía suficiente para imitar el vuelo de las aves. Imaginar un descubrimiento futuro no es lo mismo que contribuir a su invención; también Julio Verne concibió un cohete para ir a la luna, pero nunca se le ha considerado un científico.

 

El comentario de Vasari que Leonardo «empezaba muchas cosas y nunca las acababa» recogía una opinión muy extendida entre sus contemporáneos.[3] Este rasgo, en el siglo XIX, fue considerado digno de elogio, el signo del verdadero genio. La lentitud en la ejecución se interpretó como afán de perfeccionismo (en los 4 años que tardó en pintar La Mona Lisa, Miguel Ángel pintó el techo de la Capilla Sixtina). Incluso se ha dicho que Leonardo fue el precursor del ecologismo moderno porque previó la deforestación.[4]

 

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La tremenda mitificación de Leonardo ha llegado al extremo de que se le ha convertido en un genio capital, un genio en todo. No importa que de verdad no inventara nada. Al contrario, si no hizo nada es porque tuvo la mala suerte de nacer en un siglo que tecnológicamente y científicamente no era el indicado. En una época de narcisismo como la nuestra, se necesitan mitos como Leonardo. Construyendo mitos nos estamos diciendo a nosotros mismos que somos superiores a las generaciones del pasado, más inteligentes y sensibles, porque nosotros sí entendemos a los genios incomprendidos en su época.

 

La construcción del culto a Leonardo como gran científico fue obra no de científicos sino de literatos que no sabían nada de ciencia, como Stendhal quien afirmó con entusiasmo: «cien años antes de Francis Bacon, Leonardo había llegado ya a las conclusiones que hicieron grande a aquél. Su error fue no publicarlas».[5]

 

En el siglo XX, Leonardo se había convertido en el típico científico “tradicional”, el inventor prolífico, lleno de ideas, que paría diagramas y proyectos en la soledad de su laboratorio. Si pasaba con facilidad del arte a la ciencia y viceversa –el hombre universal– es porque no había fronteras rígidas entre ambos. El universalismo era una cualidad común a todos los hombres dotados del Renacimiento, no un rasgo exclusivo de Leonardo. «Los artistas más buscados por los dueños nobles (…) eran los que tenían talento para el dibujo, la ingeniería y la arquitectura, así como un estilo creativo y estético».[6] La moderna admiración por el universalismo como signo del genio pertenece a la nostalgia romántica de una edad de oro preindustrial, cuando el conocimiento aún no se había compartimentado. En la época de Leonardo no se había inventado la especialización.[7]

 

El culto a Leonardo tiene también mucho que ver con el Risorgimento, que debía rescatar Italia del oscurantismo eclesiástico y del despotismo austríaco, así como con las ideas de los republicanos progresistas franceses frente a los monárquicos católicos: el culto a Leonardo, en tanto que ejemplo de pensamiento progresista y moderno, formaba parte de su proyecto político e ideológico. Hippolyte Taine, en Viaje en Italia (1865), presenta a Leonardo como un héroe de la época moderna: Leonardo era un individuo que había superado todos los dogmas religiosos. A diferencia de Rafael y de Miguel Ángel, nunca estuvo al servicio de los papas. Leonardo era reivindicado al servicio de la Ilustración y de los ideales de la Revolución Francesa. Por eso la Joconde se transformó en un producto de la cultura francesa, y Leonardo en un francés adoptado, Léonard de Vinci.

 

Un culto suele necesitar un cuerpo a adorar o un lugar de peregrinación, pero la ciudad de origen de Leonardo estaba demasiado lejos y su cadáver no se había encontrado. En 1863, Arsène Houssaye, resuelto a encontrarlo, excavó en la iglesia de Saint-Florentin de Amboise (destruida en 1808) y desenterró varios cráneos. Seleccionó el que le parecía mejor y proclamó que era lo que quedaba de Leonardo, aunque quedó desconcertado cuando se enteró que había excavado donde no tocaba.[8] El cuerpo de Leonardo aún no se sabe dónde está, aunque a los turistas de Amboise se les invita a visitar su tumba.

 

La identidad del pintor es el determinante fundamental del valor de una obra. Recordemos el caso del Proyecto de Investigación Rembrandt (iniciado en 1968): puso de relieve que muchos «Rembrandt» no eran de Rembrandt, sino de sus aprendices. No tenía por qué repercutir en el valor estético de los cuadros, pero repercutió y se rebajó la categoría de cientos de obras. Y La Mona Lisa conquistó su posición especial por su vinculación con Leonardo, no al revés. Conforme se consolidaba la reputación de Leonardo, el retrato de Lisa Gherardini iba adquiriendo un significado nuevo en medios literarios. Los románticos, para los que la ciencia era una forma de magia, redefinieron a Leonardo el científico llamándole pintor del Eterno Femenino. Sólo un mago podía haber pintado la mágica sonrisa de una mujer mágica. Sólo un genio universal podía haber pintado a la Mujer Universal.


 

[1] Bertrand Gille (1978). Les ingénieurs de la Rennaisance. Paris. Seuil, pp. 129-175.

[2] Anna Maria Brizio, Maria Vittoria Brugnoli i André Chastel (1981). Leonard the Artist. Londres. Hutchinson, pág. 102

[3] Vasari, op. cit. Pág. 559.

[4] Anna Maria Brizio, op. cit. Pág. 14-15

[5] Stendhal (1996). Histoire de la peinture en Italie. París. Gallimard. Pp. 220-221

[6] Lisa Jardine (1997). Wordly Goods: a new history of the Renaissance. Londres. Macmillan. Pág. 242

[7] Recordemos que Maquiavelo no sólo escribió El príncipe, sino también historia y obras de teatro. Durero estudió matemáticas y geometría, escribió un tratado sobre mediciones y sobre ingeniería militar, fue un Maestro en xilografía y un pintor de primera. Miguel Ángel destacó en arquitectura, pintura, escultura y poesía: la calidad de su producción poética –unos 300 poemas– hacen de él uno de los mejores poetas del siglo XVI; pero la fama del artista se ha comido a la del poeta.

[8] Arsène Houssaye (1869). Histoire de Léonard de Vinci. París. Didier et Cie. Pp. 293-320