“Una ciencia que pone el cuidado en el centro debe descolonizarse, deconstruirse, despatriarcalizarse…” Ester Conesa — Cuidados, género y COVID-19

16 julio, 2020 covid19-cuidados-genero-ester-conesa-entrevista

Ester Conesa es investigadora predoctoral FPI en el IN3, Universitat Oberta de Catalunya (UOC) y se encuentra finalizando su tesis en género, ciencias y carreras académicas. Las publicaciones de su tesis versan sobre el nuevo management, la precariedad, los riesgos psicosociales, la cultura de la evaluación, el tiempo i la ética de los cuidados en el mundo académico desde una perspectiva feminista.

Con motivo de su mirada experta en relación a los cuidados, los roles de género y dinámicas masculinizadas en distintos sectores sociales, queremos realizarle algunas preguntas para analizar desde esta perspectiva la actualidad desencadenada por la COVID-19, una realidad que en muchos casos, ya existía, y simplemente la ha evidenciado o enfatizado. 


Entrevista a Ester Conesa: los cuidados en el centro en tiempos de COVID-19.

Ester Conesa, investigadora, en la Jornada #GenderUOC
Ester Conesa, investigadora, en la Jornada #GenderUOC

 



Todavía nos encontramos en tiempos de COVID-19 a nivel global, sin embargo, parece que la emergencia sanitaria por la pandemia del coronavirus en España ha dejado de acentuarse. Ahora que podemos mirar desde la distancia los acontecimientos desencadenados por la COVID-19:

¿Qué dinámicas y desigualdades de género ha enfatizado o acentuado la gestión de la pandemia del coronavirus? 

Como bien dices en tu pregunta, ha enfatizado y acentuado una situación previa. Eso significa que hay sectores y colectivos que ya estaban en una situación muy precaria y en muchos casos insostenible, y todos ellos tienen que ver con el cuidado. Lo hemos visto en varios niveles y los voy a enumerar a fin de tener una panorámica.

1. El más visible, el sector hospitalario que sabemos que sufrió unos recortes muy fuertes en la anterior crisis y unas demandas de paliarlos (marchas a favor de la sanidad pública y contra la privatización, concentraciones contra los recortes, etc.) que no fueron escuchadas. Y aquí no sólo hablamos del sector médico sino del trabajo imprescindible y mucho menos valorado del personal de enfermería y del personal de limpieza constituido por una gran mayoría de mujeres, debido a la feminización de los cuidados, y por supuesto, mucho más precarizado. 

Además, no hemos tenido en este país una cultura de la prevención, que podría pensarse también dentro de una cultura del cuidado, como punto de partida. Hace tiempo personas especializadas en biología o ecología como Salvador Pueyo nos advierten del riesgo de aumento de virus y otros organismos que ponen en riesgo la salud debido a los excesos de un capitalismo globalizado y la pérdida de biodiversidad, y hemos visto algunas de estas pandemias cerca nuestro. A esto sumemos una actuación que se ha resistido a activarse por miedo a parar la economía cuando podíamos ver lo que pasaba en países más lejanos y más cercanos también. Tener que encontrarnos en una lucha global salvaje por respiradores o EPIs, cuando no una gestión inefectiva y a la desesperada de los recursos propios de un estado ha sido vergonzoso. Esto también señala que una economía globalizada que externaliza la mano de obra y recursos para explotarlos y sacar mayor beneficio no es sostenible. Pero volveremos a la economía más adelante. 

2. El siguiente nivel visible ha sido el ámbito de las residencias de gente mayor, por un lado, destapando también las precariedades a resultas de la privatización y las subcontratas con personal en malas condiciones laborales afectando su práctica de cuidados. Por otro lado, el hecho de no tener una política de prevención sanitaria ni de cuidados comunitarios adecuada también ha afectado a la forma de pensar y tratar a las personas mayores que no han tenido un espacio de cuidado en condiciones ni en su propia residencia ni en los hospitales, por decirlo suave. Esto también ha puesto de relieve la situación de descuido hacia de las personas mayores y en situación de dependencia en unas instituciones que de por sí las apartan del mundo social y comunitario en una cultura del individualismo y de la eterna juventud. El resultado es que un número importante de personal contagiado fue detectado mal y tarde, tuvo que hacer cuarentena, y encontrar de forma urgente personas dispuestas a entrar a trabajar en centros con contagios y en pleno confinamiento, fue tarea difícil, por decirlo suave nuevamente. Aquí hemos visto al racismo de este país en su esplendor, a lo que volveremos también en breve. Y una gestión de la muerte donde no ha habido decisión alguna por parte de quién la iba a sufrir ni de sus familiares.

Poner los cuidados en el centro significa una redistribución importante de la riqueza y de todo lo que conocemos, transformar todo el sistema de relaciones de poder y jerarquías sociales.


3. Después tenemos el modelo de confinamiento que tomó medidas muy fuertes afectando la libertad de movimiento en su totalidad y durante demasiado tiempo. En otros países sabemos que hubo otras formas de gestionarlo dejando tiempos de salida para las criaturas y familias, para las personas que lo necesitaran para su bienestar mental y físico, para el deporte, sin militarización ni discursos bélicos… Por mucho que la situación era grave y estaban muriendo muchas personas cada día, con una mirada distinta, centrada en los cuidados, hubiera sido posible otra gestión de la situación, incluso con creatividad se podrían haber generado dinámicas comunitarias con protección que rompieran el aislamiento también emocional de muchas personas. Pero incluso una iniciativa como la Red de Cuidados Antiracistas que gestiona el reparto de alimentos a personas migrantes ha sido multada mientras realizaba estas tareas. Creo que esas primeras reacciones de aire bélico reflejan básicamente miedo y esto nos habla del estado de un país, de la debilidad de su democracia y de sus valores, de la falta de escucha, una cualidad básica del cuidado, y en el caso del ejemplo, del racismo también. 

4. Y al hilo de esto, el siguiente nivel importante y quizá no tan visible y mediatizado, es que se ha reproducido la dinámica ya establecida (y reestablecida con la crisis anterior) de que los cuidados recaen de nuevo en las manos de las familias mayormente en los círculos femeninos (madres, tías, hermanas, primas…) ya que muchos hombres aún no se han responsabilizado de su parte y el sistema organizativo tampoco ha cambiado para empujar este cambio. Algunas de sus implicaciones son que luego no se puede dejar en manos de una empresa la decisión de si su personal sigue o no trabajando desde casa. Hemos conocido casos en que se ha reducido la jornada laboral pero presionando para mantener la misma productividad, en otras ni siquiera se ha dado la opción de reducción de jornada y un sinfín de circunstancias que ni podemos imaginar, y esto, en familias con criaturas, personas mayores o en situación de dependencia a cargo es no solo desgastante, también desquiciante e insostenible. Una situación que ha puesto a muchas personas, especialmente a mujeres, en una situación imposible. Imaginemos los casos de familias monomarentales con pocos recursos. Y todo esto habla de la importancia y valor que el cuidado tiene en nuestra sociedad. Y el conocimiento, porque, quienes no se hacen cargo del cuidado no saben de las complejidades y dificultades que conlleva en un mundo organizado de esta forma. Esto es lo que Joan Tronto llama “irresponsabilidad privilegiada”. Por otro lado, debido a que las mujeres suelen tener trabajos más precarios e inestables y con salarios más bajos, son ellas quienes han perdido y seguirán perdiendo más trabajos, y esto queda reforzado por asignarse a ellas el rol de principal cuidadora del hogar y las criaturas. No perdamos de vista que España ya era un país con un número muy alto de mujeres sin trabajo remunerado. 

5. Y de aquí saltamos al siguiente nivel, el más duro y vergonzoso ya que se suma a una situación de partida muy desigualitaria. ¿Qué ha pasado con las trabajadoras de cuidados? Invisibles y en la periferia de cualquier política, como siempre. ¿Cuántas han mantenido su trabajo? ¿Qué pasa con las que no tenían contratos ni estaban regularizadas, sin acceso a ayudas? Y aquí entramos en el fenómeno llamado ‘cadenas globales de cuidados’ – como la socióloga Arlie R. Hochschild nombró basándose en el trabajo de Rhacel Parreñas – referido a los movimientos migratorios de mujeres que dejan a sus familias y seres queridos en sus territorios para trabajar como cuidadoras de personas y de hogares de familias de los países occidentales del norte global, pasando por experiencias muy duras y ocupando una mano de obra muy precarizada. Un gran número de ellas trabaja sin contrato y muchas otras se encuentran sin regularización debido a unas políticas de racismo estructural.

Se sabe que alrededor del 90% de trabajadoras del hogar son mujeres, de las cuales la mitad son migrantes y sólo un poco más de la mitad están afiliadas a la Seguridad Social (según las encuestas del EPA). Además, las afiliadas se encuentran en el Sistema Especial de las Trabajadoras del hogar, un régimen que no da derecho a prestaciones de desempleo y con cotizaciones muy bajas (lo cual conlleva unas pensiones irrisorias), pueden ser despedidas sin causa y no existe protección para las embarazadas. Hace tiempo que las asociaciones de mujeres denuncian toda esta situación reclamando el Convenio 189 de la OIT para poder equiparar sus derechos pero España todavía no ratifica el acuerdo. Es importante no sólo seguir y apoyar el trabajo de grupos como la Asociación de Mujeres Migrantes Diversas, Las Kellys, la Red de Cuidados Antirracistas y TICTAC, Sindillar y otras organizaciones y activistas similares, sino implicarnos en esta situación activamente.  

Lo más impresionante de esta pandemia es que las ayudas a las empleadas del hogar se han retrasado mucho (el procedimiento se pudo empezar a realizar a principios de mayo) y sólo se pueden adjudicar a las afiliadas en este Sistema Especial que hayan cotizado hasta los quince días previos al estado de alarma y hasta que termina el estado de alarma. De manera que nos encontramos con una situación insostenible para todas aquellas sin papeles ni contratos, de desigualdad, falta de derechos, pobreza extrema y un racismo estructural en el cual la misma ciudadanía no reaccionamos ni movilizamos de forma suficiente para exigir regularizaciones, el fin a la Ley de Extranjería y acceso a ayudas urgentes. Además, algunas trabajan en condiciones de semi-esclavitud “sirviendo” como internas, sin tiempo suficiente de descanso semanal u obligadas a pagar alquiler y comida propia. Muchas han tenido que confinarse allí donde trabajan, sin protección, en condiciones muy duras. 

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¿La pandemia por la COVID-19 ha puesto los cuidados en el centro? ¿Qué entendemos por cuidados? ¿Dónde se ubicaban en nuestra sociedad?

Sí y no. Los ha visibilizado pero aun así hay mucha ceguera sobre la importancia de revalorizarlos, y no se están dando las transformaciones necesarias para que realmente estén en el centro. Sobre todo falta en el cuidado la mirada antiracista.

En cuanto a qué entendemos por cuidados, a mí me gusta mucho la definición que usan Fischer y Tronto en 1991 porque abre la perspectiva y escapa de esencialismos (mujer como cuidadora) y de relaciones diádicas (solamente entre dos personas) que a veces se achacan a los cuidados. Ellas dicen que “es todo aquello que realizamos para mantener, continuar y reparar nuestro ‘mundo’ para que podamos vivir en él lo mejor posible [sic]. Este mundo incluye nuestros cuerpos, nuestros ‘yoes’, y nuestro entorno, todo lo cual buscamos entrelazar en una red compleja de sustento de la vida”.

Como dice Tronto, los cuidados se han ubicado en la periferia y en el ámbito privado, y nuestra tarea es ponerlos en el centro. Pero muchas veces ni siquiera están en la periferia, están simplemente tan fuera de nuestra mirada que ni sabemos que existen ni los tomamos en cuenta, como la panorámica que hemos dibujado donde los cuidados en distintos ámbitos están desvalorizados y fuera del mapa mental a pesar de que son tan básicos para el mantenimiento de la vida. El cuidado debe ser politizado y pensado como noción filosófica, ética, analítica…

Algo muy clarificador de una política que no pone los cuidados en el centro es que tenemos personas y familias enteras sin recibir ningún tipo de salario o ayuda, y por otro lado no hay ningún esfuerzo por parte de lo que llamamos ‘el capital’ (tipo empresas gigantescas o bancos con beneficios enormes a base de explotar y expoliar a las personas y sus recursos). ¿Cómo es posible que esta situación no se revierta? ¿Que ni siquiera se haya optado por paralizar el pago de alquileres? Suele haber en nuestro sistema económico este choque entre capital y cuidados, o capital y vida, como dice Amaia Pérez Orozco. Cuidados es desde esta perspectiva todo aquello que no se ve como rentable. Esto se ha contrarrestado con un montón de iniciativas de apoyo mutuo en los barrios y pueblos, ejemplo de la capacidad de cuidados comunitaria.

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¿Quién habitualmente se encarga de los cuidados? ¿Está desprestigiado? ¿Los sectores profesionales destinados a las curas son precarios? ¿A qué se debe?

¿Quién se encarga? Los cuidados han sido tradicionalmente llevados a cabo por mujeres y más aún por mujeres de clase baja y mujeres racializadas (las que son consideradas las ‘otras’ en base a su origen territorial o cultural, o a su color de piel), como hemos visto antes.

En España están las mujeres que migraron de regiones más pobres a las urbes y que todavía hoy, algunas de edad avanzada, siguen limpiando, cuidando, cosiendo sin haber cotizado jamás, sin poder jubilarse, sin haberse valorizado su trabajo y sus derechos a lo largo de su vida. Y ese camino es seguido por las mujeres que han migrado de otros países, haciendo el mismo trabajo, siguiendo sin cotizar y con el agravante de ni siquiera tener papeles. Eso significa no tener derecho a nada, ni siquiera a abrir una cuenta en el banco. Ser invisibilizadas y entrar en circuitos de vulnerabilidad y precariedad muy fuertes. Aquí hay un tema clave también, y es el papel de las mujeres blancas que han conseguido obtener mejores trabajos o que son de clase media y alta gracias o mientras otras cuidan de sus criaturas, de sus mayores o de sus casas. Y el papel de los hombres, por supuesto, sostenidos también por el cuidado de unas y otras, y que permanecen en silencio.

Sí, son precarios, ya lo hemos visto con la panorámica anterior. Además, si nos fijamos, cuanto más se feminiza un sector más se vuelve precarizado (como el sector médico) y aún más en los sectores del cuidado ocupados por mujeres migrantes.

Necesitamos un cambio profundo que parece difícil que llegue porque las dinámicas se resisten a cambiar debido a los intereses que hay en los sectores de poder.


Estamos empezando a reaccionar pero muy lentamente, la autocrítica cuesta y la ceguera se da por este sistema de jerarquías y desigualdades entre las propias mujeres. Y no se trata de culpabilizar pero sí de ver cuál es nuestra parte en ello y cuáles son las prioridades de las luchas. Eso también demuestra que el cuidado está oscurecido por las propias mujeres afectadas también por los cuidados y por nuestros privilegios. Y esto señala la contradicción que supone que las mujeres blancas sean empujadas a ocupar los mismos lugares que los hombres en las mismas estructuras que reproducen la desigualdad. 

Al final siguen siendo las asociaciones de mujeres migrantes, antirracistas y cuidadoras quienes alzan la voz. Luego está el papel y la gestión de los servicios domiciliarios, de las administraciones públicas, del estado. Lo poco que se hace al respecto no es suficiente y, después de la regularización, si llega, están todas las trabas para poder acceder a trabajos con condiciones laborales mínimas. Los estudios y trayectorias de las mujeres (y hombres) migrantes son devaluadas, la homologación y otros trámites administrativos son cansados y tortuosos y la atención muchas veces es explícita o implícitamente racista. Es necesario un trabajo de escucha sobre todo (escucha activa), de autocrítica y de transformación enorme. Por ejemplo, uno de los temas más fuertes que algunas de estas mujeres han comenzado visibilizar es una atención a la infancia con sesgos racistas que puede terminar en quitas de custodia totalmente injustas, a veces entregándolas a padres maltratadores, a veces a familias ‘bienestantes’, en vez de ayudar a esas mujeres en situación de precariedad por un sistema injusto, desigual y racista de base. Y esto pasa justamente por esa mirada eurocéntrica blanca y patriarcal. Este es un tema que urge revisar, visibilizar y cambiar. Para empezar se puede seguir el trabajo de Daniela Ortiz o Linda Porn.

¿A qué se debe? Son relaciones herederas de un sistema patriarcal y colonial, como decíamos de jerarquías y desigualdades, que coloca y valora de forma diferente a las personas, a sus prácticas y su retribución en la sociedad. Y no nos damos cuenta de las consecuencias de nuestro recorrido histórico afectando nuestro presente. Nos parece alejado pero no lo es. Hace falta reparación y un cambio en estas relaciones que siguen teniendo lógicas coloniales. Por ejemplo, el extractivismo sigue de ‘norte global’ a ‘sur global’ sustentando nuestro modelo capitalista de consumo en el que todas las personas estamos implicadas, y muchas formas de esclavismo siguen también. Es interesante también seguir el trabajo de autoras como Camila Esguerra, Tania Cruz y Gabriela Ruales (del colectivo Miradas Críticas del Territorio desde el Feminismo), Rita Segato, Achille Mbembe… 

Hay quién se escandalizaría en escuchar todo esto pero solo hace falta que piense en la mujer migrante interna en una casa 24 horas/7 días a la semana o en las condiciones laborales y vitales de los temporeros, otro trabajo básico para la vida. O ahora con los rebrotes, ¿qué está pasando con la mano de obra migrante en algunas empresas alimentarias? ¿En qué condiciones se está? No se está hablando claro porque se está tapando un trato indebido hacia estas personas. Que piense en qué vidas importan y cuáles se dejan morir (en las fronteras, en el mar, a manos de la policía…). Todo esto está saliendo un poco más ahora por el caso mediático de George Floyd pero hace mucho tiempo que se está luchando y no hay respuesta. Y lo más flagrante de esta pandemia ha sido esta visión utilitarista y denigrante de las personas migrantes sin papeles, que sólo han importado cuando ha faltado mano de obra causada por los contagios y usando como moneda de cambio unos meses de permiso de residencia y trabajo. Ni siquiera se ha garantizado el permiso de residencia como ha hecho Portugal. 

 

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Normalmente relacionamos los cuidados con cuidar, sin embargo, en el ámbito académico, también se perpetúan ciertas dinámicas, quizás masculinizadas, totalmente alejadas del concepto “cuidado”. En este caso, también la ciencia. ¿Cómo lo podemos detectar? ¿Qué “conflictos” plantea socialmente esta dinámica? 

Sí. Aquí nos vamos ya a otro ambiente, pero es parte del mismo juego de relaciones jerárquicas del sistema patriarcal, colonial y también capacitista. Para empezar, ¿Cuántas mujeres, cuántas personas no blancas, o con diversidad funcional hemos visto en puestos académicos, y de ellos, cuántos de poder y responsabilidad? Detectar es fácil si una se hace estas preguntas y se pregunta el por qué.

¿Qué modelo de vida es necesario para seguir en ciencia? Al antiguo modelo masculinizado de ‘old school’ digamos, se le suma el modelo de capitalismo académico basado en un productivismo feroz en el que sólo un tipo de persona que tiene el resto de la vida resuelta porque otras personas cuidan o porque simplemente no tiene otra vida más que su trabajo es la que puede sobrevivir sin consecuencias en su salud física y mental (y ni así). Y esto, aunque no pasa así en todas partes, cada vez está más generalizado. Las personas que trabajan en ciencia o en la academia cada vez trabajan más horas para poder cumplir con las expectativas de productividad ocupando sus noches, sus fines de semana, sin poder cuidarse a sí mismas ni a sus personas queridas en un sistema de academia acelerada. Esto también quita tiempo para pensar, para el debate, para las relaciones comunitarias con el alumnado o con las compañeras, para transformar el propio sistema académico. Y no sólo, la fuerte competitividad produce estragos, maltratos entre compañerxs y sobre todo con quién está en posiciones inferiores de la jerarquía. También afecta al trabajo científico mismo, pérdida de la calidad e incluso plagios, invenciones, fraudes… Hay al final un ambiente de falta de cuidados generalizado por esta aceleración que provoca que el tiempo sea vivido como explotación, para sacar rendimiento, y cuidar sea visto como una pérdida de ese poco tiempo que se tiene.

En un doctorado ya no se va a aprender, se va a producir, en tres años, pim-pam fuera. Las personas que investigan se vuelven emprendedoras, manejan su propia productividad y proyectos como capital de una empresa sin el cual no se consiguen fondos (o sea, su sueldo). Y esto es cada vez más así en más instituciones científicas. Además, todo el trabajo afectivo, de cuidados que supone el trabajo académico está de nuevo desvalorizado, es invisible y está realizado básicamente por el personal en situación precaria: personas que hacen el doctorado o el postdoctorado, profesorado asociado, personal temporal, etc. y gran parte de ellas son mujeres. Luego están las expectativas de movilidad continua o más bien diríamos de rotación eterna. Visto como excelencia pero en realidad esconde también una forma de precariedad y de no estabilización del trabajo en personas con el nivel de estudios más alto. El cuidado está totalmente en la periferia.

Luego ¿dónde está el profesorado no blanco? Es curioso porque Estados Unidos, un país bien racista también, a la vez tiene en algunas universidades más trabajado el tema y podemos ver profesorado negro, chino, indio… España ha tenido población afrodescendiente por lo menos desde las más recientes colonias, pero no lo hemos visto en las universidades. Migración de Latinoamérica, del norte de África y asiática tenemos desde hace décadas. ¿Dónde están? El profesorado de Latinoamérica es también minoritario y blanco. ¿Por qué? ¿Qué se necesita, qué caminos hay para acceder? ¿Con cuantas trabas te tendrás que encontrar, cuantos racismos y microracismos diarios tendrás que sufrir? Poner el cuidado en el centro es también preguntarse quién accede y quién no, y por qué. Preguntarse qué sistema de desigualdades sostiene nuestra academia. 

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¿Qué retos sociales y académicos en relación a los cuidados ha puesto sobre la mesa la pandemia global de la COVID-19? ¿Qué cambio social implicaría? Y a efectos prácticos, ¿cómo se podría aplicar?

Necesitamos un cambio profundo que parece difícil que llegue porque las dinámicas se resisten a cambiar debido a los intereses que hay en los sectores de poder. Poner los cuidados en el centro significa una redistribución importante de la riqueza y de todo lo que conocemos, transformar todo el sistema de relaciones de poder y jerarquías sociales, pasando por la justicia social global que incluye reconocimiento y reparación. Terminar de una vez con las lógicas coloniales de explotación de personas y recursos, redefinir el sentido de la economía y las relaciones económicas. Y dejar de correr. Parar a pensar, parar la política de ‘a salto de mata’, de poner parches aquí y allá, mal puestos, que generan otros miles de agujeros y otros parches. 

La pandemia también está demostrando lo que decíamos antes: qué vidas importan y cuáles se pueden dejar morir. 


Este reequilibrio de fuerzas implica que todas las personas (este es un mensaje para los hombres) se dediquen y responsabilicen por igual del cuidado, lo que significa, por mucho que haya resistencias, un cambio en el modelo productivo y organizacional. Y esto tiene que llegar y va a llegar. Repartir los cuidados y los trabajos (redefiniendo también colectivamente qué es trabajo, qué debe ser remunerado). Luego implica frenar todos los proyectos extractivistas y esclavistas, reestablecer ese equilibrio también pero con cuidado. Hace poco vi un artículo de unas compañeras, Corinna Dengler y Lisa Marie Seebacher que advertían acerca de acciones en el norte global con voluntad de transformación que pueden afectar el sur global de forma perjudicial. 

Todo esto requiere un cambio a nivel profundo, ontológico diría. Y este es el reto para la ciencia. Una ciencia que pone el cuidado en el centro debe descolonizarse, deconstruirse, depensarse, despatriarcalizarse, y actuar al servicio de y con las personas y su entorno. Cultura de la reparación y del cuidado. Entender que la ciencia no es neutra porque parte de la mirada de lo normativo. Los retos son enormes. Una ciencia que por ejemplo piensa en alternativas económicas focalizándose en la economía local debe tener en cuenta también la economía global. Afrontar también un cambio económico para frenar los efectos del cambio climático cuanto antes, que además afecta a las comunidades más desfavorecidas de este sur global. Entender y pensar el mundo en toda su complejidad y red de relaciones (si toco aquí, afecta allá). Con una ciencia global como la que tenemos ahora podrían aumentar los grupos interconectados que cuiden esas relaciones. 

Luego otro aspecto que me gustaría destacar, y que parece alejado del cuidado, es el uso de cierta tecnología que se ha disparado durante la pandemia. ¿Por qué no está habiendo un debate ciudadano abierto y bien informado de qué pasa con la tecnología, con nuestros datos (nuestras comunicaciones, orientaciones políticas, afectos, necesidades…), cómo los usamos, a quién se venden, para qué exactamente, qué pasa con el control social? ¿Dónde se están dirigiendo los esfuerzos científicos en este ámbito? A crear inteligencia artificial que sustituya a personas, que sustituye incluso el cuidado, que sustituye incluso nuestras decisiones… No estoy necesariamente en contra de tecnologías que nos ayuden en el día a día, pero tal y como van las cosas en el neoliberalismo, ¿qué garantías hay de que no se reproduzcan e intensifiquen las desigualdades? Se habla de renda universal… ¿la pagarán las megaempresas? En caso afirmativo, ¿qué conllevaría eso?

Se está definiendo el futuro y no estamos participando ni sabiendo todo lo que pasa, quién toma estas decisiones, quién pone los recursos y para qué fin, bajo qué intereses, con qué consecuencias. La pandemia también está demostrando lo que decíamos antes, qué vidas importan y cuáles se pueden dejar morir. Las iniciativas ciudadanas de los colectivos de makers y de hacktivistas son un ejemplo de otro modelo tecnológico. Debemos crear un modelo decidido ciudadanamente, del bien común, que, como mínimo, cuente con los recursos públicos suficientes para asegurar un uso ético (o simplemente, un no-uso de nuestros datos), sin reproducir las desigualdades sociales sino más bien con el objetivo de romperlas, des del cuidado y para el cuidado. Al final, un modelo de cuidados es también aquel que no tapa agujeros con parches como decía antes, sino que va a la raíz de las desigualdades.

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