¿Distancia social o distancia física? Unos apuntes desde la sociología en tiempos de COVID-19

28 mayo, 2020 distancia-social-sociologia

 

Por Natàlia Cantó, Roger Martínez e Isaac Gonzàlez, sociólogos y profesores de los Estudios de Artes y Humanidades de la UOC 

 

¿Qué queremos decir cuando decimos ‘distancia’ o ‘distanciamiento social’?

En los últimos meses hemos oído, hemos leído y muchos hemos utilizado el concepto de «distanciamiento social» de manera exponencialmente creciente. Pero nos hemos detenido en él relativamente poco. Lo usamos para referirnos a la distancia mínima que debe haber entre dos personas para minimizar el riesgo de contagio por COVID-19, unos dos metros. Sin embargo, la distancia de dos metros de seguridad no es una distancia social sino una distancia física: necesitamos un espacio físico de dos metros, independientemente de la distancia o proximidad social que haya entre nosotros.

En epidemiología, de donde proviene el concepto, se usan indistintamente los términos de distanciamiento físico y distanciamiento social. Sin embargo, desde la sociología, hablar de distanciamiento social en este sentido no hace más que confundirnos, y por eso defendemos que abandonemos el término y pasemos a hablar únicamente de distanciamiento «físico». Podemos entender que, durante los primeros días del confinamiento de la población, nos pareciera adecuada la imagen de la ausencia de contacto social para describir la «nueva realidad». Pero con el paso de las semanas hemos tenido tiempo de sobra de darnos cuenta de que no solo en el desconfinamiento nos tendremos que volver a encontrar en las calles, en las tiendas o en las terrazas, pero manteniendo la distancia física, sino que incluso durante el propio confinamiento no ha tenido mucho sentido hablar de distanciamiento social, ya que si bien muchos vínculos efectivamente se han congelado o distanciado, otros se han afianzado e intensificado e incluso se han creado vínculos nuevos, como ha ocurrido en algunos casos entre vecinos.

Puesto que la distancia social, en sociología, no se puede medir ni en metros ni en centímetros ni en kilómetros, os proponemos unos apuntes para clarificar cómo podemos pensar sociológicamente sobre qué es la distancia social y cuál es su vínculo, o ausencia de vínculo, con la distancia física. Esto nos puede ayudar a pensar en el impacto social de la pandemia y el confinamiento desde lo que llamamos perspectiva relacional.

 

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¿Qué es la distancia social en la sociología? 

En el campo de la sociología, distancia social puede tener significados diferentes y podemos pensar en ella como distancia social entre individuos o entre grupos o categorías. El uso más habitual del término hace referencia a la distancia en relación con la desigualdad, sobre todo, pero no solamente, la desigualdad socioeconómica: alguien de la clase alta se percibe como muy «distante» de alguien que vive en la extrema pobreza. Podríamos llamarla distancia social vertical. Por eso hablamos de «subir» y «bajar» socialmente, porque hay un movimiento vertical entre dos puntos distanciados.

Esta distancia en términos jerárquicos también se puede aplicar a otras formas de desigualdad y de desigualdad de oportunidades, como la que se deriva de la etnicidad, el género, la sexualidad, la nacionalidad, la edad, etc. La distancia o proximidad social entendida en estos términos es independiente de que dos personas concretas se relacionen entre ellas, y por supuesto de que dos personas se relacionen entre ellas a menos de dos metros de distancia. Más bien la entendemos como la distancia en oportunidades de vida (propias y también de los hijos), en acceso desigual a los recursos, en derechos y obligaciones diferenciados. Se trata de distancias que funcionan de manera compleja, ya que distancias en términos socioeconómicos se articulan con distancias en términos de género, religión, color de la piel o etnicidad. 

Pero en sociología también podemos hablar de distancia social en sentidos muy diferentes: distancia en la posición en las redes de relación y, por tanto, ligada a los vínculos sociales concretos que podamos tener con los que nos rodean. A esta la podemos llamar distancia social horizontal, aunque, como veremos más adelante, puede o no tener un componente «vertical», en el sentido de ir ligada a la desigualdad de oportunidades y de acceso a los recursos.

Por ejemplo, en cualquier barrio, familia, escuela, trabajo o asociación podemos trazar un mapa del tipo de interacciones y vínculos relacionales entre los individuos, en los que la mayor o menor distancia social se corresponde con el entramado relacional a partir de las interacciones concretas: con quién interactuamos más o más intensamente y con quién interaccionamos menos. O con quién interactuamos de una manera o de otra. Yendo más allá, también podemos trazar probabilidades en relación con las personas con las que podemos llegar a encontrarnos, a coincidir y, por tanto, con las que tenemos o tendremos la posibilidad real de relacionarnos, y con las que esta posibilidad nos parece que es, o efectivamente es, mucho más remota. Por tanto, parecería que aquí sí que nos acercaríamos a lo que los epidemiólogos denominan «distanciamiento social».  Pero no es así. Para verlo mejor, nos ayudará hacer dos precisiones más:

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Interacciones entre individuos y maneras de pensar qué es la distancia social desde la sociología

En primer lugar, cuando hablamos de interacciones entre individuos, estas no deben ser necesariamente cara a cara y menos a dos metros de distancia. Por el contrario, muchas de estas interacciones se pueden hacer mediante carta, teléfono, mensaje de WhatsApp, videoconferencia o un simple me gusta en Instagram o Twitter. Por lo tanto, estas distancias sociales tampoco tienen mucho que ver con lo que estas semanas estamos llamando «distanciamiento social»

En segundo lugar, la distancia social entendida en estos términos no solo hace referencia a la frecuencia de las interacciones, sino también al tipo de interacción, al tipo de vínculo que establecemos en esta interacción, en cuanto a intimidad, reciprocidad, obligación mutua, asimetría, agresividad, etc. Podemos sentirnos mucho más distantes socialmente de nuestro quiosquero o de nuestro jefe en el trabajo, a quien vemos todos los días, que de una amiga queridísima a la que solo vemos una vez al año. También puede haber mucha distancia social con quienes compartimos una fiesta mayor en la calle o la cabalgata de Reyes y, en cambio, una cierta proximidad con una persona en la otra punta del mundo a quien no conocemos pero a la que consideramos parte de la familia o con quien, sencillamente, compartimos movimientos migratorios diaspóricos.

Esto nos lleva a la segunda precisión. Para entender cuál es el vínculo social, tenemos que entender cuál es la distancia social «imaginada» que acompaña la relación. Cuál es el sentido que le damos, las expectativas que generamos, la intensidad que experimentamos. Y esta distancia social imaginada tiene tanto que ver con la manera en que interpretamos las interacciones concretas entre individuos como con la manera en que imaginamos las relaciones más abstractas entre categorías y grupos sociales: con clases sociales, procedencias territoriales y nacionales, identificaciones étnicas, géneros y sexualidades, pero también estilos de vida y gustos concretos. Por ello, cuando interaccionamos con personas que no habíamos visto nunca, tenemos, aunque sea irreflexivamente, una noción de la proximidad o distancia social respecto a ellas, y en este sentido, aunque estemos entre mucha gente, nos podemos sentir «como en casa» o «fuera de lugar». 

Como ya hemos comentado antes, estas dos maneras de pensar en la distancia social en sociología,

  1. la que se fija en la desigualdad o distancia social vertical y
  2. la que se fija en las interacciones y entramados relacionales o distancia social horizontal,

no son independientes una de otra. De hecho, la relación entre ambas es un objeto de estudio muy importante. Por ejemplo, la reproducción de las clases sociales tiene como uno de sus mecanismos la asociación diferencial entre los individuos: con quién nos casamos, de quién somos mejores amigos, con quién vamos a la escuela y con quién coincidimos en bares y discotecas o en los museos. Estas redes relacionales a menudo están organizadas con formas de «cierre social» explícito y extremo, como el apartheid sudafricano, los «clubes» selectos, la propiedad privada, el derecho de admisión, las barreras al matrimonio entre grupos étnicos o entre personas de un mismo sexo o las formas de segregación escolar y residencial.

Pero aún más a menudo están organizadas de manera irreflexiva mediante todas las pequeñas y grandes elecciones que forman parte de nuestros estilos de vida: los lugares a los que vamos de vacaciones, los bares o discotecas donde nos divertimos, los conciertos a los que acudimos y las películas que vamos a ver. E incluso cuando coincidimos en un mismo espacio, los gustos que tenemos, los hábitos corporales, los temas y códigos de conversación con frecuencia también estructuran la asociación diferencial en términos de desigualdad. De hecho, en una sociedad como la nuestra, donde la distancia social vertical no está fijada por barreras estamentales fuertes, la distancia social horizontal, sobre todo en los vínculos más sistemáticos y significativos, sirve como un elemento básico para asegurar la reproducción intergeneracional de las desigualdades. Por eso es tan importante el juego del esnobismo, de todas las incomodidades, infravaloraciones, vergüenzas y problemas de reconocimiento que sufrimos en nuestras interacciones con los que son socialmente distantes en un sentido vertical.

Desde la sociología, por tanto, la distancia y el distanciamiento social tienen muy poco o nada que ver con la idea de distanciamiento social importada de la epidemiología, de la que tanto se habla estos días con motivo de la pandemia global por coronavirus de la COVID-19.

 

 

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El confinamiento y la distancia social tras la COVID-19

Desde esta mirada, la pregunta por los efectos del distanciamiento social, que tanto se repite estas semanas, no es tanto por la ausencia de interacción cara a cara, o por los dos metros de separación, sino por el impacto del confinamiento en estas dos maneras de entender la distancia social: la desigualdad (vertical) y las redes relacionales (horizontal). Estas serán dos áreas que la ciencia social deberá seguir examinando durante los próximos meses y años si queremos ir más allá de los impactos psicológicos o de cómo se podrán ganar la vida los carteristas del metro a partir de ahora.

En cuanto a desigualdad, ya se ha comenzado a discutir cómo el confinamiento puede aumentar las distancias sociales. No solo las más evidentes, derivadas del impacto económico de la pandemia. Ya se ha empezado a apuntar, por ejemplo, cómo el hecho de que los sectores ocupacionales con menos capacidad para teletrabajar sean los situados en la base de la estructura social, que es donde afectan más tanto el paro y la inactividad como, en el caso de los que siguen trabajando, el riesgo de contagio durante las semanas de confinamiento parcial. O también, como ya se discute en el ámbito de la enseñanza, que la desaparición de la presencialidad puede aumentar las desigualdades de oportunidades educativas, en el sentido de que, estas semanas, la formación de los alumnos puede depender más del capital tecnológico y cultural de las familias que cuando hay una presencialidad en las escuelas e institutos. También hay profesores y padres que explican en las redes cómo, aparte de los alumnos que están desconectados, otros están más conectados ahora que cuando había clases presenciales, por ejemplo, porque se sienten más cómodos para seguir y asimilar a su ritmo los contenidos.

El impacto del confinamiento en las distancias sociales en relación con los entramados relacionales seguramente será un campo de estudio mucho más complejo. La restricción del cara a cara ha transformado estos entramados relacionales en los que vivimos. La proliferación de videoconferencias tan comentada, por ejemplo, tiene un impacto en nuestras redes relacionales y en el tipo de comunicación que se establece.

Uno de los principales aspectos es la enorme reducción de la contingencia, de lo imprevisto, de la sorpresa, de la serendipidad de la vida social. La contingencia queda atrofiada porque es en el cara a cara donde los flujos comunicativos tienen más riqueza y matiz. En una videoconferencia o en Instagram, el flujo de información es limitado y está mucho más estereotipado y pautado que en las situaciones cara a cara, con un espacio mucho mayor para lo inesperado y para la emergencia de situaciones e informaciones fortuitas. No solo en la propia comunicación directa, sino sobre todo en el número de situaciones imprevisibles que pueden surgir de los encuentros cara a cara y de la intersección entre redes relacionales a las que estamos sometidos en nuestra vida cotidiana.

Además, cuando hemos tenido que reconfigurar las redes relacionales, es decir, con quién hablamos por teléfono, con quién hacemos videoconferencias, con quién nos escribimos mensajes de WhatsApp, también hemos modificado el entramado relacional, sea o no temporalmente. Cada persona, además, se siente más o menos cómoda con unos medios o con otros, o teniendo o no la iniciativa. Se han roto vínculos e interacciones con gente a la que veíamos todos los días, porque eran compañeros de trabajo, de la escuela o de cualquier otro ámbito relacional, mientras que se han acentuado otros o generado nuevos, porque han aumentado los contactos con personas que se veían poco, o se ha conocido y establecido algún tipo de relación con vecinos con los que no se había interaccionado nunca. Esto puede haber provocado, por ejemplo, que quienes tenían un entramado relacional satisfactorio, pero que ocupaban una posición no central en los grupos con los que interaccionaban, puedan haber quedado excluidos de redes de interacción. Y muy importante, al reducirse los flujos relacionales, tendemos a conservar sobre todo los más sólidos, más significativos y más íntimos, y en cambio descuidamos los más periféricos, que suelen ser los que permitían interacciones con personas distanciadas, tanto en un sentido horizontal como vertical

Finalmente, veremos si hay modificaciones en las distancias sociales en su vertiente imaginada, como ocurrió al principio de la pandemia con los chinos, como se produce con los juicios morales recíprocos según los reproches basados en los privilegios en la situación de crisis económica o en la actividad espontánea de los llamados «policías de balcón».

Son, todos ellos, ejemplos de lo que puede aportar la mirada sociológica al concepto de distanciamiento social. Una mirada que, en lugar de equipararlo al distanciamiento físico, se centra, precisamente, en clarificar cuál es la relación entre la separación física que recomiendan los epidemiólogos, por un lado, y la distancia, la proximidad y las relaciones sociales, por otro.

 

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