El retorno social de la cultura: ¿Cambio de paradigma tras el Covid?

13 noviembre, 2021
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De todos es conocido el impacto dramático de la pandemia en el sector cultural y creativo. Los espacios culturales cerraron, las programaciones se cancelaron y la cultura pasó a curar nuestra alma, pero desde la pantalla, en nuestros espacios de confinamiento y casi siempre de forma gratuita. Se ha debatido mucho, y desde hace años, sobre si la cultura puede regalarse, o solamente subvencionarse, o si debe ser una industria como tantas otras.

Sin embargo no ha sido quizá hasta el maltrato que para muchos ha vivido el sector durante estos últimos meses pandémicos, con restricciones frecuentes y giros de guion constantes, que se ha levantado la voz para decir «basta«.

Un sector que, por otro lado, ya venía desgastado, en muchos casos precarizado, y con reclamos (casi mantras) de antaño como la prometida (y politizada) ley de mecenazgo o, en Cataluña, la dedicación del 2% del presupuesto a la cultura.

©Jaime Villanueva (El País)

De todo ello, pero sobre todo del futuro del sector y del retorno social de la cultura, ha girado el debate ¿Remando hacia adelante? Situar el retorno social de la cultura en un mundo diferente y diverso organizado por el máster de Gestión Cultural de la UOC. Una sesión inaugural de los estudios que ha contado con figuras clave del sector que han debatido sobre la situación actual y lo esperable para la fase de recuperación de hábitos de consumo cultural en el que nos encontramos.

«Toca reconocer errores, porque hemos delegado el valor de la cultura en el otro». Así de contundente ha iniciado su intervención Cristina Alonso, experta en artes escénicas y actualmente codirectora artística de L’Artesà del Prat de Llobregat. Porque «la cultura es un intangible», añade, «hemos vendido producto, desde una visión marquetiniana, y nos hemos olvidado de explicar el valor de la cultura». Y sobre «qué aportamos realmente», ella misma se ha respondido: «La cultura es transformadora y genera ciudadanía creativa, crítica y autónoma». Nuestro trabajo se basa en «abrir la percepción», siendo «visagra de muchos conocimientos».

Para Alonso, «hay que dejar de vender un producto desde el marketing, y pasar a generar un relato de valores», porque «la cultura es abordaje, una hoja en blanco, un volver a preguntarnos…», ha propuesto.

Sobre esta idea de dotar de valor la cultura y generar un relato, Marta Esteve, directora de la Fundación Carulla, ha asegurado que «hay que medir con indicadores qué transformación genera la cultura, y así poder ser sostenibles e introducir cambios en la sociedad».

En la misma línea sobre cuantificar esos indicadores, Nicolás Barbieri, investigador y director del Máster de Gestión Cultural de la UIC, ha ido un paso más allá en su intervención y le ha dado a la cultura, y a su uso y disfrute, un valor político, el de la participación de la ciudadanía en la cultura.

La cultura es transformadora y genera ciudadanía creativa, crítica y autónoma

Para él, «es vital saber qué queremos valorar o qué queremos medir del retorno social de la cultura. Se trata de un derecho, el derecho a participar en la vida cultural de nuestro entorno«, añadiendo en su planteamiento que se trata de «el derecho de la diferencia, puesto que los espacios culturales son culturales porque en ellos interactuamos con personas diversas, más allá de adquirir un producto cultural. Se trata de colaborar y cooperar, porque la cultura es una invitación a negociar diferencias».

©Blanca Castillo (El Correo)

De esta mirada política hacia el valor de la cultura, Nicolás Barbieri advierte que «el derecho a participar de la vida cultural no solo tiene que ver con participar en las instituciones formales del territorio, sino que existen otros espacios culturales y hay que detectarlos y trabajar desde la cooperación. Se trata de espacios comunitarios, y no siempre están legitimados y no se les considera ni público ni audiencia. Y es un error», concluye.

Se trata de colaborar y cooperar, porque la cultura es una invitación a negociar diferencias

En este sentido, Cristina Alonso, considera que «el público es el que habita el lugar», y crítica «esas programaciones cerradas, casi como catálogos de servicios, que muchas veces se generan desde las instituciones y no consiguen conectar con el territorio ni con la ciudadanía». Y añade, que «las instituciones culturales pueden ser catedrales», ya que desde ellas «no siempre se pisa calle» y, en cambio, reprueba la práctica de «pensar y programar desde un despacho y sin dialogar».

Para Alonso, «no hay que ser únicamente escaparate, sino actor y motor con la programación. La cultura debe ser participativa. No debe ser direccional, sino compartida con un observador participativo».

Marta Esteve, de la Fundació Carulla, coincide en que hay que huir de la idea del «público pasivo», considerando que «la participación cultural implica acción y no una actitud pasiva».

Y sobre esa implicación y acción, Nicolás Barbieri, investigador cultural, apunta que para participar de la cultura de un territorio, «en muchas ocasiones, el código postal es más importante que nuestro código genético«, haciendo hincapié en que «la cultura puede ser solución, pero a veces también forma parte del problema y se convierte en espacio de exclusión. Una paradoja», señala.

Por ello, sobre el valor y retorno de la cultura, o de lo que tradicionalmente hemos considerado un hecho cultural, Cristina Alonso afirma que «lo que realmente transforma no es la obra, sino el proceso de creación, la posibilidad de compartir y construir», y de ahí la importancia de sumar al público como un actor activo.

Al público, pero también al alumnado, en palabras de Marta Esteve, para que los nuevos currículums escolares añadan la cultura como un proceso bidireccional, activo y no pasivo.

Ahí radica, según ella, el poder transformador de la cultura. «Pensar en la cultura como algo transversal, cocrear, replantear y ser muy críticos con nosotros mismos. Esta era de la incertidumbre puede permitirnos pensarnos y hacerlo de forma tranversal», en referencia a la postpandemia y los nuevos paradigmas que se pueden introducir.

La cultura puede ser solución, pero a veces también forma parte del problema y se convierte en espacio de exclusión. Una paradoja

En referencia a esa nueva forma de hacer, de proceder tras la pandemia, Marta Esteve propone «repensarnos, ya que la emergencia sanitaria, pero también emocional nos ha permitido repensarnos y vivir con incertidumbre. Y ahí se abre una oportunidad para reconectar con la emoción de todo lo que hemos vivido y generar un relato que va más allá de la racionalidad», refiriéndose a la cultura, a su valor y a su retorno social.

Sobre ese repensarnos, Nicolás Barbieri señala que «desde mi visión de investigador, y sobre las políticas públicas, se responde con relaciones de poder» y recuerda que «la pandemia no ha afectado a todos por igual, volviendo al desequilibrio en el sector cultural». Además ha considerado que en ocasiones «la cultura es un espacio de reproducción de desigualdades y no de transformación. La equidad debería estar el centro de las políticas culturales».

Ryan Ancill Hire (Unsplash)

Los participantes han coincidido que para llevar este cambio de paradigma real hace falta voluntad, pero también tiempo. Para Cristina Alonso, «la cultura es transformadora cuando trabajamos proyectos y apuestas de largo recorrido, si no estamos en una lógica capital y sometidos a presupuestos anuales». Para Marta Esteve, es que «la conclusión es la que cultura nos necesita, pero nosotros también necesitamos de cultura y arte porque la cultura genera impacto social».

La cultura nos necesita, pero nosotros también porque genera impacto social

El debate ha contado con la dinamización de Laura Solanilla, profesora de los Estudios de Arte y Humanidades de la UOC, y la moderación de Alba Colombo, directora del máster universitario de Gestión Cultural de la UOC-UdG, quién ha concluido sobre el valor de la cultura que «genera sociedades diversas y críticas».

Este webinar forma parte del ciclo Cultura en la Era Global, organizado por el máster universitario de Gestión Cultural (UOC, UdG), el postgrado de Gestión de Eventos Culturales, Deportivos y Corporativos, y la especialización de Estrategia Digital en Organizaciones Culturales (UOC, Museu Nacional d’Art de Catalunya)

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