Filosofía contemporánea

14 febrero, 2014

 «Filosofía contemporánea» es una asignatura obligatoria del máster de Humanidades: Arte, Literatura y Cultura Contemporáneas.

La asignatura que presentamos, Filosofía contemporánea, se focaliza en algunos de los debates sobre los tres temas que, como Kant puso de manifiesto, podemos decir que centran la atención de la filosofía: conocer, actuar, esperar. Nos preguntaremos por la condición humana en el siglo xxi, por lo que podemos —o creemos poder— conocer, por las condiciones y los límites de este conocimiento, por cómo eso que sabemos o creemos saber condiciona o justifica nuestras acciones morales y políticas y, por tanto, la vida social. Nos preguntamos también por lo que como individuos y como miembros de determinadas sociedades esperamos tener o encontrar, lo que da sentido y valor, a nuestro día a día. En resumen, nos preguntamos por el sentido de nuestra condición humana y, por consiguiente, por lo que sabemos, hacemos y esperamos.

Preguntémonos, por ejemplo, como hace Hannah Arendt en el artículo «La conquista del espacio y la estatura del hombre» (lectura de la asignatura) si la biotecnología, los superconductores o la nanotecnología nos catapultan en nuestra posición dentro de, como mínimo, el sistema solar. ¿Es esta una señal de nuestra grandeza? O, por el contrario, los todavía cientos de conflictos armados y violencia casi diaria, y las miríadas de personas sobrantes que han quedado fuera del sistema económico capitalista o que sobreviven, a pesar de su trabajo, en condiciones de miseria, ¿nos niegan esta grandeza y nos hunden en el barro de la historia y nos dejan en las garras del león que se come indiferente al personaje de Leopardi que angustiado preguntaba a la Naturaleza por su indiferencia?

Si en algunos aspectos podemos comportarnos como manantiales, interviniendo en procesos elementales de creación de la vida, o descubrimos el negativo de la materia que nos ha de explicar la infinitud del universo, ¿podemos por ello estar seguros de acercarnos, como dice Stephen Hawking al final de su libro, Historia del tiempo, al conocimiento de la mente de Dios? Es decir, ¿estamos tan cerca de descubrir las leyes que regulan el universo? O, a pesar de lo que a veces parece, ¿estamos lejos de la verdad (incluso de la posibilidad de afirmar su «evidencia») y tan solo construimos magníficos espejismos al servicio del poder o como efectos de poder? Esto es, unas cuantas respiraciones más del magnífico universo y los desgraciados animales que inventaron el conocimiento desaparecerán carbonizados.

Seamos un poco más modestos en nuestros interrogantes: ¿Hasta qué punto el conocimiento que adquirimos, guardamos y transmitimos, y que nos ha llevado desde un primer tronco para cruzar un río al más lujoso transatlántico o imponente portaviones, puede guiarnos o nos guía a la hora de articular nuestra vida social y personal? ¿Por qué no tenemos soluciones para los pequeños problemas que diariamente nos acechan?

En buena parte, la manera como sepamos hacer frente a estos interrogantes —u otros más menos trascendentes— y la manera como buscamos y damos una respuesta, condiciona no solo la naturaleza de nuestro conocimiento, sino la propia condición humana, el sentido y el valor de la vida. La condición humana, la posibilidad del ser humano, de elevarnos a cimas de luz y verdad o arrastrarnos como reptiles por cavernas de oscuridad y prejuicios está presente en los mitos fundadores del pensamiento filosófico occidental. Pico della Mirandola lo ilustró en la figura del gran camaleón. El ser humano está desprovisto de esencia, desfigurado, no tiene más que la capacidad (potencia sin acto) de engendrarse como cualquier cosa. Esta, sin embargo, no es una tarea solo de la voluntad o del individuo, sino social y colectiva. Como muchos pensadores contemporáneos se han ocupado de señalar (J. W. Mills, Beck, Bauman) vivimos y sufrimos de forma personal y buscamos soluciones biográficas a problemas que a menudo son estructurales y sociales, y que deben tener una respuesta (como su solución o disolución) colectiva y social. La filosofía, como el humanismo en general, tiene entre sus valores principales, sino el más importante, el proporcionarnos criterio para orientarnos en el mundo.

Francisco Núñez es el profesor responsable de la asignatura y el director del máster.

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